En Toledo, ciudad donde las piedras guardan secretos y las calles parecen susurrar historias, abundan las leyendas de apariciones. Una de las más repetidas es la de la dama de los ojos sin brillo, un relato que ha pasado de generación en generación y que, según se cuenta, ocurrió durante una fastuosa celebración.
Aquella noche, la infanta Catalina de Austria, duquesa de Saboya, era agasajada en un palacio toledano. Entre los caballeros presentes se hallaba don Sancho de Córdoba, consejero general de Finanzas y auditor de Su Majestad. Entre música y danzas, el caballero distinguió a una dama que cruzaba silenciosa entre los grupos de invitados. Su hermosura lo deslumbró de inmediato: pálida, elegante, con un andar que parecía flotar sobre las alfombras.
Embelesado, se acercó a invitarla a bailar. Ella no respondió palabra, pero aceptó su compañía. Bailaron, y al concluir salieron al patio, adornado con flores y una fuente de mármol. La dama, con su escote descubierto, no llevaba abrigo. Entonces el caballero, galante, colocó sobre sus hombros su capa roja, prendida con un broche de oro. Fue la única vez que ella habló:
—Qué frío.
Caminaron hasta el Miradero. Allí, la enigmática mujer se detuvo y, con voz grave, dijo:
—Caballero, no me acompañéis más, pues de continuar conmigo me haríais una grave ofensa. Mandad mañana a un criado a recoger vuestra capa a la casa de la condesa de Orsino, en la calle Aljibes.
Se despidió y se perdió entre las sombras. El caballero pasó la noche en desvelo, recordando la fría belleza de aquella mujer, pero sobre todo sus ojos: sin brillo, inexpresivos, como si la vida los hubiera abandonado.
Al día siguiente acudió él mismo a recuperar su capa. Al llamar al portón del palacio, lo recibió un anciano que negó conocer a ninguna dama con aquella descripción. No obstante, lo dejó pasar y lo condujo hasta una noble señora vestida de luto. El caballero relató lo sucedido, pero ella respondió con tristeza:
—Debéis de haber sido víctima de una broma cruel, pues mi hija, a quien describís con tanta precisión, murió hace ya dos meses.
Sobrecogido, el caballero recorrió con la vista la sala, hasta que un cuadro atrajo su atención. Allí estaba la misma mujer con la que había bailado: idéntico rostro, idéntico vestido, incluso el anillo que había visto en su mano izquierda.
—Señora —balbuceó—, ¿quién es esta dama?
—Es mi hija, la misma de quien os hablo.
El caballero, pálido, insistió en que era ella con quien había compartido la velada, pero la madre lo acusó de soñar o de estar alucinado. Aturdido, abandonó la casa y regresó a su palacio.
Dos días después, un criado llamó a su puerta. En sus manos llevaba la capa roja con el broche dorado.
—¿Dónde la hallaste? —preguntó ansioso el caballero.